Deva Sand. La danse des atomes.

La danse de atomes es un paseo por la materia, por la vida. Es el relato meditativo de un viaje en solitario, un deambular por Japón e Indonesia, con el aparato de foto colgado al hombro. También es la historia de una cremación, la que presencié en Ubud, un día de agosto. El milagro de la transformación se escenifica una vez cada cinco años a través del fuego, que en la doctrina hindú representa uno de los 5 elementos cósmicos que componen nuestro cuerpo, del mismo modo que el éter, el aire, el agua y la tierra.

Los balineses creen que, para que el alma pueda volver a sus orígenes, el último baile ha de darse abrazando las llamas, y que al disolverse las cenizas en un rio o en el mar el espíritu alcanza la total liberación. Cada fuerza vive de la muerte de la que la precede y también alimenta a la que la sigue.

La increíble coincidencia de presenciar esta cremación en un viaje tan profundamente espiritual agitó mi alma e inspiró esta exposición.

Una de las leyes que gobiernan el mundo físico es que estamos inmersos en un continuo movimiento. Toda quietud es solo aparente, efímera, una lenta circulación energética. La materia que constituye nuestra realidad es un teatro de transformaciones creado en su gran mayoría por la extraordinaria combinación química de seis tipos de átomos. Cada inhalación, cada paso, cada beso es una incansable danza atómica entre Carbono, Hidrógeno, Oxígeno, Nitrógeno, Fósforo y Azufre. Somos el resultado de la perfecta coreografía del universo.

Al entrar en el espacio, invito al espectador a leer un mantra en Sánscrito, escrito con harina de arroz y de trigo, al modo de un Mantra Kolam*, que establece la constante interacción que se da entre los humanos y el Todo; Om Vardhanam Namah / Nutro el Universo y el Universo me nutre. En el círculo de mármol está grabado en esperanto un aforismo de la poeta Lola Mascarell, que nos invita a una cierta quietud: “Eble nin jeno savas: La maloftaj momentoj, kiam neni’okazaj /Quizá lo que nos salva, son los raros momentos, en que no pasa nada”. El título de la exposición, en mi lengua natal, es una declaración de intenciones: La Danse des Atomes.

Al practicar la meditación nos sumergimos en un espacio-tiempo fuera de cualquier parámetro. El campo infinito de todas las posibilidades se asoma en el silencio y nos invita, despojados de lo superfluo, a peregrinar por el mundo. Es quizás la mejor manera de poner en práctica todo lo aprendido, un atajo perfecto para darnos cuenta de que los momentos hermosos y sorprendentes suceden si tienen el espacio suficiente para existir.

De repente, de entre las ramas, apareció una niña mirándome. Pude percibir en sus ojos, la fugacidad de un destello, el de una eternidad que muere y nace, se apaga y vuelve a encenderse.

                                                                                                                                                    Deva Sand

 

*Mantra Kolam:

Mantra es una palabra sánscrita que tiene como objetivo relajar e inducir a un estado de meditación a quien lo canta o escucha. La palabra está conformada por dos expresiones: “mans”, que significa “mente”, y “tra”, que expresa “liberación”.

Kolam significa “belleza”, pero también “simetría”. En un estado del sur de India, Tamil Nadu, las mujeres, cada mañana, barren la entrada de sus casas y dibujan un Kolam, con harina, polvo de arroz o con flores. El Kolam es una metáfora religiosa de los ciclos naturales. En la mitología hindú se dice que los devotos tienen una “obligación kármica” de “alimentar a mil almas”. Este ritual de generosidad recuerda que las almas a quienes alimentan no son sólo humanas: las aves y los insectos también se nutren de esa belleza que da la tierra.